Uff, qué emocionante. Tenéis que veniros a Madrid, que estamos invitados a la rebelión. Doña Esperanza Aguirre anuncia una campaña de rebelión contra el aumento del IVA. No invitará a los ciudadanos a no pagar, pero sí celebrará actos de protesta, instalará mesas petitorias (de firmas) y convertirá la Comunidad de Madrid en un inmenso clamor contra el impuesto. Que yo sepa, no hay antecedentes conocidos en Europa. Por lo tanto, recibamos la iniciativa con el saludo que merece todo gesto innovador y con el suspense que suscita la insumisión y la desobediencia civil. Cuando son provocadas por un Gobierno, aunque sea regional, son más meritorias todavía.
Son las servidumbres del Estado de las autonomías. Cada Gobierno puede llegar a circular por su lado, sin orden ni concierto y en direcciones opuestas. La Administración central sube el IVA porque lo necesita; porque las cuentas públicas están bajo mínimos, y porque empiezan a peligrar algunas atenciones públicas. La filosofía que confesó Zapatero es que así podrá pagar el subsidio a medio millón de parados. Lo que dice Elena Salgado es que, si queremos servicios, hay que pagarlos con impuestos. Fracasada la fuente de ingresos que el Estado tenía en la locura inmobiliaria, llegó la hora de sustituirla.
Hasta ahí, la lógica. Cuestión distinta es que sea agradable. Y no lo es. Cuestión también distinta es que sea buena para el consumo. Y tampoco lo es. Esto debía verlo igual el Gobierno de la nación que un Gobierno autónomo: ambos viven de los impuestos; pero hay dinámicas que se imponen a la lógica. Por ejemplo, que la señora Aguirre parece irritada por lo que llama «persecución de la Fiscalía», y responde con esta revancha. Y además, no descarten ustedes un asomo de populismo ya ejercitado con la ley antitabaco, o un ejercicio de oportunismo, practicado con la declaración del toro como bien de interés cultural. En todo es maestra la señora Aguirre, y con excelentes resultados de votos y opinión.
Yo lo único que digo es: primero, que si la Administración del Estado tira hacia un lado y las autonomías hacia el otro, se rompe la cuerda. Segundo, que si Aguirre hace esto por populismo, tenga cuidado: puede pasar por demagoga, y tan excelente gobernanta no merece esa calificación. Tercero, que si lo hace por rentabilidad electoral, ganará votos del cabreo, pero también puede perder votos del realismo, porque, francamente, no hay alternativa si queremos mantener los servicios del Estado. Y cuarto, que sería útil un ejercicio: si esa invitación a la rebelión la hiciera el Gobierno catalán, ¿qué estaríamos diciendo? ¿Qué estaría diciendo la propia presidenta Aguirre? Para responder, no hace falta mucha imaginación.
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