Tenemos unos artistas e intelectuales muy productivos. De los más productivos de Europa. Producen manifiestos a mansalva. Esta semana, sin ir más lejos, han enriquecido nuestro acervo cultural con dos grandes creaciones. El lunes, una selección de grandes nombres de la escena, la pantalla, la literatura, la música, las artes plastas y las artes plásticas nos obsequiaron con un documento a favor de Garzón. Ayer parecía abierta la carrera, porque aparecieron otros no menos ilustres que firmaron otro papel, pero esta vez para pedirles a los hermanos Castro que hagan el favor de liberar a los presos políticos de Cuba.
Entre todos los firmantes, hay una estrella que no falla nunca, ni en escritos, ni en actos de protesta, con la condición de que sean de izquierdas: Pilar Bardem. No tengo una estadística rigurosa, pero debe ser la persona física que ha firmado más cosas en este país. Yo, en cuanto veo un comunicado, lo primero que hago es mirar si está Pilar entre los abajofirmantes . Si no está, pierde todo interés. Si está, promete emociones fuertes: o hemos entrado en guerra con alguien, o se ha vulnerado algún derecho de un progresista, o hay peligro de que la derecha vuelva a gobernar. La señora Bardem es una joya de la literatura de protesta y la reclamación, a medio camino entre la conciencia crítica y la mosca cojonera.
Ignoro el éxito que tendrán estas empresas. Pero están bien. Los artistas tienen todo el derecho a protestar, denunciar y exigir, aunque lo hagan en confuso tropel y sin otro esfuerzo que el de preguntar dónde hay que firmar. Lo que dudo es del éxito que tendrán: más o menos, el mismo que yo, si me pusiera a pedir que no suban los impuestos. Francamente, no acabo de ver a Raúl Castro liberando a un preso por el hecho de que Ana Belén, Víctor Manuel y Almodóvar le echen una bronca por escrito. Y lamento decepcionar al admirado Manuel Rivas, pero tampoco acabo de imaginar al Tribunal Supremo cambiando de criterio sobre Garzón por la irrupción de un gran escritor rodeado de artistas. No estoy nada convencido de que sus señorías simpaticen con ellos.
De todas formas, si yo fuese Zapatero, me empezaría a preocupar. Les empezaría a renovar cariños porque, cuando los artistas se empiezan a movilizar después de tantos años de silencio casi monacal, es que tienen nostalgia de la movida. Cualquier día se dan cuenta de que en Afganistán hay una guerra y se ponen a sacar carteles. Cualquier otro descubren que vamos camino de los cinco millones de parados, y les vuelve a salir el espíritu social. Y cualquier día se dan cuenta de que llevan mucho tiempo sin atizar a un Gobierno y la emprenden con él. Hacer manifiestos y rascar, todo es empezar.
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